El gato negro (Luis Segovia)
Simbología
Punto y seguido
Punto y aparte
La coma
Ni espero ni quiero que se dé
crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo,
más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se
niegan a aceptar su propio testimonio, yo
habría de estar realmente loco si así lo creyera.
No obstante, no estoy loco, y, con toda
seguridad, no sueño.
Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu. Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara,
concretamente y sin comentarios, una serie
de simples acontecimientos domésticos que,
por sus consecuencias, me han aterrorizado, torturado y anonadado.
A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos. A mí casi no me han producido otro sentimiento que
el de horror; pero a muchas personas les parecerán menos terribles que
insólitos. Tal vez más tarde haya una
inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común. Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, encontrará tan sólo en las circunstancias que
relato con terror una serie normal de causas y de efectos naturalísimos.
La docilidad y humanidad de mi
carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan notable era la ternura de mi
corazón, que había hecho de mí el juguete de mis amigos. Sentía una auténtica
pasión por los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad
de favoritos. Casi todo el tiempo lo pasaba con ellos, y nunca me consideraba
tan feliz como cuando les daba de comer o los acariciaba. Con los años aumentó
esta particularidad de mi carácter, y cuando fui hombre hice de ella una de mis
principales fuentes de goce. Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel
y sagaz no requieren la explicación de la naturaleza o intensidad de los goces
que eso puede producir. En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio
de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia
ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del
Hombre natural.
Me casé joven. Tuve la suerte
de descubrir en mi mujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado
cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de
proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color
de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato.
Era este último animal muy
fuerte y bello, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Mi mujer,
que era, en el fondo, algo supersticiosa, hablando de su inteligencia, aludía
frecuentemente a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos
negros como brujas disimuladas. No quiere esto decir que hablara siempre en
serio sobre este particular, y lo consigno sencillamente porque lo recuerdo.
Plutón —se llamaba así el
gato— era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer, y adondequiera que
fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba
trabajo impedirle que
me fuera siguiendo por las calles.
Nuestra amistad
subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento
—me sonroja confesarlo—, por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una
alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más taciturno, más
irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un
lenguaje brutal, y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales.
Naturalmente, mi pobre favorito debió de notar el cambio de mi carácter. No
solamente, no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba.
Sin embargo, por lo que
se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no
pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al
mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi
camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación
con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y,
naturalmente, se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi
perverso carácter.
Una noche, en ocasión
de regresar a casa completamente ebrio, de vuelta de uno de mis frecuentes
escondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo cogí,
pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los
dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco.
En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma
original hubiese abandonado mi cuerpo, y una ruindad superdemoníaca, saturada
de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del bolsillo de mi
chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y,
deliberadamente, le vacié un ojo… Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco
al escribir esta abominable atrocidad.
Cuando, al amanecer,
hube recuperado la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula
nocturna, experimenté un sentimiento mitad horror, mitad remordimiento, por el
crimen que había cometido. Pero, todo lo más, era un débil y equívoco
sentimiento, y el alma no sufrió sus acometidas. Volví a sumirme en los
excesos, y no tardé en ahogar en el vino todo el recuerdo de mi acción.
Curó entretanto el gato
lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto
espantoso. Pero después, con el tiempo, no pareció que se daba cuenta de ello.
Según su costumbre, iba y venía por la casa; pero, como debí suponerlo, en
cuanto veía que me aproximaba a él, huía aterrorizado. Me quedaba aún lo
bastante de mi antiguo corazón para que me afligiera aquella manifiesta
antipatía en una criatura que tanto me había amado anteriormente. Pero este
sentimiento no tardó en ser desalojado por la irritación. Como para mi caída
final e irrevocable, brotó entonces el espíritu de perversidad, espíritu
del que la filosofía no
se cuida ni poco ni mucho.
No obstante, tan seguro
como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos
impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o
sentimientos que dirigen el carácter del hombre… ¿Quién no se ha sorprendido
numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que
sabía que no debía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo
excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque
comprendemos que es la Ley?
Digo que este espíritu
de perversidad hubo de producir mi ruina completa. El vivo e insondable deseo
del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de
hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar y últimamente a llevar a
efecto el suplicio que había infligido al inofensivo animal. Una mañana, a
sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorqué de la
rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas, con el corazón
desbordante del más amargo remordimiento. Lo ahorqué porque sabía que él me
había amado, y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para
encolerizarme con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado,
un pecado mortal que comprometía a mi alma inmortal, hasta el punto de
colocarla, si esto fuera posible, lejos incluso de la misericordia infinita del
muy terrible y misericordioso Dios.
En la noche siguiente
al día en que fue cometida una acción tan cruel, me despertó del sueño el grito
de: «¡Fuego!». Ardían las cortinas de mi lecho. La casa era una gran hoguera.
No sin grandes dificultades, mi mujer, un criado y yo logramos escapar del
incendio. La destrucción fue total. Quedé arruinado y me entregué desde
entonces a la desesperación.
No intento establecer relación alguna entre causa y efecto con respecto a la atrocidad y el desastre. Estoy por encima de tal debilidad. Pero me limito a dar cuenta de una cadena de hechos y no quiero omitir el menor eslabón. Visité las ruinas el día siguiente al del incendio. Excepto una, todas las paredes se habían derrumbado. Esta sola excepción la constituía un delgado tabique interior, situado casi en la mitad de la casa, contra el que se apoyaba la cabecera de mi lecho. Allí la fábrica había resistido en gran parte a la acción del fuego, hecho que atribuí a haber sido renovada recientemente. En torno a aquella pared se congregaba la multitud, y numerosas personas examinaban una parte del muro con atención viva y minuciosa. Excitaron mi curiosidad las palabras: «extraño», «singular», y otras expresiones parecidas. Me acerqué y vi, a modo de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba copiada con una exactitud realmente maravillosa. Rodeaba el cuello del animal una cuerda.
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