Identificando los puntos y las comas (Ángel Chablé)
Máquinas Mortales
Simbología:
Punto
y seguido
Punto y aparte
La
coma
El Territorio de Caza
Era una tarde de
primavera, oscura y desapacible, y la ciudad de Londres iba en persecución de una
pequeña población minera cruzando el lecho seco del antiguo mar del Norte.
En tiempos más felices,
Londres nunca se hubiera molestado por una presa tan débil. La gran
ciudad-tracción había empleado antaño sus días en la caza de ciudades mayores
que esta, yendo hacia el norte hasta los
bordes del Desierto de Hielo y hacia el sur hasta las orillas del Mediterráneo. Pero en los
últimos tiempos, cualquier tipo de presa
había empezado a escasear y algunas de las ciudades mayores comenzaban ya a
mirar a Londres con ojos hambrientos. Hacía ya diez años que se ocultaba a la
vista de aquellas, emboscándose en un
montañoso y húmedo distrito occidental que el Gremio de Historiadores afirmaba
que había sido antiguamente la isla de Gran Bretaña. Durante diez años,
apenas había comido nada más que pequeñas ciudades del campo y establecimientos
estáticos de aquellas húmedas colinas. Ahora, por fin, el
alcalde había decidido que era una buena ocasión para volver a llevar a su
ciudad por encima del puente terrestre hasta el gran Territorio de Caza.
Habían recorrido poco menos que la mitad del trayecto cuando
los centinelas de las altas torres de vigilancia avistaron la población minera, que mordisqueaba en las llanuras de sal a unos
treinta kilómetros por delante. Para la gente de
Londres, aquello parecía una señal de los
dioses, e incluso el alcalde (que no creía
en dioses ni en señales) pensó que era un buen comienzo del viaje hacia el este
y dio la orden de darle caza.
La población minera vio el peligro y les enseñó la popa,
pero las enormes cadenas del tractor de oruga que movía Londres ya comenzaban a
rodar más y más velozmente. Pronto la ciudad se
afanaba en la feroz persecución, una montaña
de metal en movimiento que se alzaba en siete alturas como los pisos de una
tarta nupcial, los niveles inferiores
envueltos en el humo de los motores, las villas de opulento y fulgurante blanco
de los estratos superiores y, por encima de
todo, la cruz de la cúpula de la catedral de San Pablo,
con sus destellos de oro, a más de
seiscientos metros sobre la arruinada tierra.
Tom se encontraba limpiando las piezas de la sección de Historia Natural del
Museo de Londres cuando aquello empezó. Sintió el temblor delator en el suelo
de metal y elevó la vista para ver las maquetas de ballenas y delfines, que colgaban del techo de la galería, balancearse en sus cables con suaves chirridos.
No se sintió alarmado.
Llevaba viviendo en Londres sus quince años y estaba acostumbrado a sus
movimientos. Sabía que la ciudad estaba cambiando de rumbo y aumentando la
velocidad. Un hormigueo de agitación le recorrió
el cuerpo: la vieja emoción de la caza que todos los londinenses compartían. ¡Debía de haber alguna presa a la vista! Dejando sus
cepillos y plumeros, tocó la pared con la mano y notó las vibraciones que
llegaban en murmullos procedentes de las enormes salas de máquinas, abajo, en
las Entrañas. Sí, allá
estaba: el profundo bombeo de los motores auxiliares abriéndose camino, bum,
bum, bum, como un gran tambor sonando en el interior de sus huesos.
La puerta del lejano extremo de la galería se abrió de golpe
y Chudleigh Pomeroy irrumpió como una fiera, con su tupé torcido y su cara
redonda roja de indignación. —En el nombre de
Quirke, ¿pero qué…? —profirió airado, mirando boquiabierto a las ballenas
giratorias y a los pájaros disecados que se columpiaban y se agitaban en sus
jaulas como si se estuvieran sacudiendo de encima su larga cautividad y se
prepararan para emprender el vuelo de nuevo—.
¡Aprendiz Natsworthy! ¿Qué está sucediendo aquí?
—Es una persecución, señor —respondió Tom, preguntándose
cómo el vicepresidente del Gremio de Historiadores se las había arreglado para
vivir a bordo de Londres durante tantos años y no reconocer aún el latido del
corazón de la ciudad —. Debe de tratarse de algo
bueno —explicó—. Han puesto todos los auxiliares en línea. Eso no sucede desde
hace mucho tiempo. ¡Puede que haya cambiado la
suerte de Londres!
—¡Bah! —bufó Pomeroy, sobresaltándose enseguida al ver que
el cristal de las vitrinas comenzaba a gemir y a estremecerse en sintonía con
el batir de los motores. Por encima de su cabeza, la mayor de las maquetas (una
cosa llamada ballena azul que se había extinguido hacía miles de años) daba
sacudidas hacia delante y hacia atrás desde sus cables de sujeción como si
fuera un columpio—. Eso será, Natsworthy —dijo—. Yo solo querría que el Gremio de Ingenieros colocara
algunos amortiguadores decentes en este edificio. Algunos de estos ejemplares
son muy delicados. No aguantarán. No aguantarán en absoluto. —Sacó un pañuelo moteado de los pliegues de sus
largos y negros ropajes y se dio unos toquecitos en el rostro con él.
—Por favor, señor —preguntó Tom—, ¿me permite bajar a las
plataformas de observación a contemplar la caza, solo media hora? Han pasado
muchos años sin que haya habido una realmente buena…
Pomeroy le miró
sorprendido.
—¡Pues claro que no, aprendiz! ¡Mira todo el polvo que esta
detestable caza está levantando! Habrá que limpiar todas las piezas de nuevo y
comprobar si han sufrido algún daño.
—¡Oh, pero no es justo! —protestó Tom—. ¡Acabo de quitarle el polvo a toda la galería!
Inmediatamente se dio cuenta de que había cometido un error. El viejo Chudleigh Pomeroy no era tan malo como los
gremiales solían ser, pero no le gustaba que le replicase un mero aprendiz de
tercera clase. Se irguió hasta alcanzar su estatura completa (que era solo
ligeramente superior a su anchura completa) y frunció el entrecejo de forma tan
seria que la marca del Gremio casi desapareció entre sus pobladas cejas.
—La vida no es justa, Natsworthy —bramó—. ¡Un poco más de caradura por tu parte y estarás
trabajando en las Entrañas tan pronto como esta cacería termine! De todas las
faenas que un aprendiz de tercera clase tenía que desempeñar, la del trabajo en
las Entrañas era la que Tom más odiaba. Se calló
rápidamente, dirigiendo mansamente la mirada al suelo, hacia las bellas
punteras de ante de las botas del Conservador Jefe.
—A ti se te encomendó trabajar en este departamento hasta
las siete, y trabajarás hasta las siete —siguió Pomeroy—. Mientras tanto, iré a
consultar con los otros conservadores qué ocurre con esta horrible horrible
sacudida… Salió apresuradamente, aún mascullando.
Tom le siguió con la mirada mientras se alejaba y luego
volvió a recoger sus pertrechos y regresó entristecido a su trabajo.
Normalmente, no le importaba limpiar, y menos aún en esta galería, con sus
amables animales carcomidos por la polilla y la ballena azul exhibiendo su
enorme sonrisa azul. Si llegaba a aburrirse, simplemente se refugiaba en la
fantasía, en el ensueño, en donde era un héroe que rescataba preciosas
muchachas de los piratas aéreos, salvaba Londres de la Liga Antitracción y
vivía feliz desde entonces.
¿Pero cómo podía ponerse ahora a soñar despierto con el
resto de la ciudad disfrutando de la primera persecución auténtica desde hacía
muchos años? Esperó veinte minutos, pero Chudleigh Pomeroy no regresaba. No
había nadie más por allí. Era miércoles, lo que significaba que el museo estaba
cerrado al público y la mayoría de los gremiales y los aprendices de primera y
segunda clase tenían el día libre. ¿Qué daño podía hacer si se deslizaba fuera
diez minutos, lo justo para ver qué estaba sucediendo? Ocultó la bolsa que
contenía sus útiles de limpieza detrás de un yak que estaba allí muy a mano y
salió deprisa, colándose entre las sombras de los delfines danzarines, hacia la
puerta. Fuera, ya en el pasillo, todas las lámparas de argón estaban también
danzando, desparramando su luz sobre las paredes de metal.
Dos gremiales embutidos en sus negros ropajes pasaron
apresurados y Tom oyó la voz chillona del viejo doctor Arkengarth gimotear:
—¡Vibraciones! ¡Vibraciones! Van a producir un verdadero infierno en mis
cerámicas del siglo XXV… Esperó hasta que hubieron desaparecido tras un recodo
del pasillo y luego se deslizó rápidamente hacia fuera para bajar por la
escalera más cercana. Atajó por la galería del siglo XXI, dejando atrás las
grandes estatuas de plástico de Pluto y de Mickey, dioses con cabeza de animal
de la desaparecida América. Atravesó corriendo el vestíbulo principal y bajó
hasta las galerías llenas de objetos que, de alguna forma, habían sobrevivido
todos aquellos milenios transcurridos desde que los Antiguos se autodestruyeron
en aquella terrible conmoción de bombas atómicas órbita-tierra y de virus de
diseño llamada la Guerra de los Sesenta Minutos. No tardó casi nada en salir
por una puerta lateral al ruido y al bullicio de Tottenham Court Road.
El Museo de Londres se encontraba en el mismísimo centro del
Nivel Dos, en un ajetreado distrito llamado Bloomsbury, y la parte inferior de
la Hilera Uno colgaba como un cielo oxidado a pocos metros por encima de los
tejados. A Tom no le preocupaba el hecho de ser localizado mientras proseguía
su camino por la oscura y abarrotada calle hacia la pantalla pública de las
cercanías de la estación de elevadores de Tottenham Court Road. Uniéndose a la
multitud que se hallaba frente a él, pudo echar un primer vistazo a la distante
presa: una pálida mancha gris azulada captada por las cámaras situadas más
abajo, en la Plataforma Seis. «La ciudad se llama Salthook —tronaba la voz del
locutor—. Una plataforma minera de novecientos habitantes. Se mueve
habitualmente a ciento treinta kilómetros por hora en dirección al este, pero
el Gremio de Navegantes predice que Londres le dará alcance antes de la puesta
del sol.
Hay, seguramente, muchas más ciudades esperándonos al otro
lado del puente terrestre, prueba clara de lo sabio que fue nuestro amado
alcalde cuando decidió traer a Londres al este de nuevo…». «¡Ciento treinta
kilómetros por hora!», pensó Tom con secreta admiración no exenta de cierto
temor. Era una velocidad sorprendente, y ansiaba encontrarse abajo, en la
cubierta de observación, sintiendo el viento en su rostro. Probablemente, ya se
encontraba metido en un lío con el señor Pomeroy. ¿Qué diferencia habría si le
escamoteaba unos cuantos minutos más? Echó a correr y pronto llegó a Bloomsbury
Park, ya al aire libre, al borde de la grada. Había sido un parque auténtico en
sus tiempos, con árboles y estanques de patos, pero a causa de la reciente
escasez de capturas había sido relegado a la producción de alimentos y sus
jardines y parterres nutrían plantaciones de coles y bateas de algas.
Sin embargo, las tribunas de observación se encontraban aún
allí; terrazas elevadas que sobresalían del borde de la plataforma donde los
londinenses podían acudir a observar el paisaje que pasaba ante sus ojos. Tom
se apresuró en dirección a la más próxima.
Una multitud aún mayor se había congregado allí, incluyendo
unas cuantas personas vestidas con el negro del Gremio de Historiadores, y Tom
trató de parecer discreto mientras se abría paso hacia el frente y se asomaba a
la barandilla. Salthook se hallaba a tan solo ocho kilómetros allí enfrente,
huyendo por terreno liso, vomitando humo negro por sus tubos de escape.
—¡Natsworthy! —le llamó una voz áspera, y su corazón se paralizó.
Miró a su alrededor y descubrió que se hallaba junto a
Melliphant, un corpulento aprendiz de primera clase, que le sonreía con una
mueca y le decía—: ¿No es estupendo? ¡Una regordeta plataforma minera dedicada
a la sal con motores de tierra C20! ¡Justo lo que Londres necesita! Herbert
Melliphant era un bravucón de la peor clase, del tipo de los que no solo te
empujaba y te daba un golpe en la cabeza allá abajo, en los lavabos, sino que
ponía todo su empeño en averiguar hasta el último de tus secretos y las cosas
que más te molestaban para después burlarse de ti con ello.
Disfrutaba metiéndose con Tom, que era pequeño y tímido y no
tenía amigos que le pudiesen defender. Y Tom no podía responderle, porque la
familia de Melliphant había pagado para conseguir que fuera un aprendiz de
primera clase, mientras que él, huérfano, era simplemente un tercera clase.
Sabía que Melliphant se estaba molestando en hablar con él solo porque esperaba
impresionar a una joven y bonita historiadora llamada Clytie Potts, que se
encontraba justo detrás. Tom asintió con la cabeza y se volvió de espaldas,
concentrándose en la persecución. —¡Mira! —gritó Clytie Potts. El espacio entre
Londres y su presa se estaba estrechando rápidamente y una forma oscura se
había elevado por encima de Salthook.
Pronto hubo otra, y otra. ¡Naves! La multitud de las
plataformas de observación de Londres aplaudió, y Melliphant dijo: —Ah,
mercaderes del aire. Saben que la ciudad está perdida, ya ves, y se están
asegurando la huida antes de que nos los comamos. ¡Si no lo hacen, podremos
reclamar sus cargamentos y todo lo que lleven a bordo! Tom estaba encantado de
ver que Clytie Potts tenía una expresión de total aburrimiento por culpa de
Melliphant: ella le llevaba un año y ya debía de saber cómo era el asunto
porque había aprobado sus exámenes del gremio y tenía tatuada la marca de los
historiadores en la frente. —¡Mira! —exclamó ella de nuevo, captando la mirada
de Tom y sonriendo—.
¡Oh, mira cómo van! ¿No son preciosos? Tom se apartó el
revuelto cabello de los ojos y observó cómo se elevaban las naves y
desaparecían en el cielo gris pizarra. Por un momento se encontró deseando ir
con ellos hacia arriba, hasta alcanzar la luz del sol.
¡Si al menos sus pobres padres no le hubieran dejado al
cuidado del Gremio para que fuera entrenado como historiador! Deseaba poder ser
grumete a bordo de una nave rápida y ver todas las ciudades del mundo: Puerto
Ángeles, abandonada allí, en el azul Pacífico; y Arkangel, deslizándose sobre
roldanas de acero por los helados mares del norte; las grandes ciudades zigurat
de los Nuevomayas y las inmóviles fortalezas de la Liga Antitracción… Pero eso
no era más que una fantasía, un soñar despierto que era mejor guardarse para
cualquier tarde aburrida en el museo. Un nuevo estallido de gritos de alegría
le anunció que la caza se acercaba a su fin, y se olvidó de sus naves y volvió
a centrar su atención en Salthook. La pequeña ciudad se hallaba tan cerca que
podía ver las formas, como hormigas, de las personas que corrían por los
niveles superiores.
¡Qué atemorizadas tenían que estar, con Londres cayendo
sobre ellas y sin ningún lugar donde esconderse! Pero sabía que no debía
compadecerlas; era natural que las grandes ciudades engullesen poblaciones más
pequeñas y que estas se tragaran a los miserables núcleos estáticos.
Eso era darwinismo municipal, y era la forma en que el mundo
había funcionado durante mil años, desde que el gran ingeniero Nikolas Quirke
había convertido a Londres en la primera ciudad-tracción. —¡Londres, Londres!
—gritó, sumando su voz a los clamores y exclamaciones de ánimo de todos los que
se encontraban en la plataforma y que, un momento después, se veían
recompensados por la visión de una de las ruedas de Salthook desprendiéndose de
la ciudad.
La población se paralizó mientras las chimeneas se partían y
se precipitaban sobre las calles llenas de pánico, y luego los niveles
inferiores de Londres la ocultaron de la vista y Tom sintió las planchas del
nivel temblar mientras las enormes mandíbulas hidráulicas de la ciudad se
cerraban en medio de un gran estrépito.
Se produjeron frenéticos aplausos en las plataformas de
observación de toda la ciudad. Los altavoces de las columnas de soporte de las
plataformas comenzaron a tocar Orgullo de Londres y alguien a quien Tom no
había visto en su vida lo abrazó con entusiasmo mientras le gritaba al oído:
«¡Una captura! ¡Una captura!».
Pero a él no le importó; en esos momentos amaba a todos los
que se encontraban sobre la plataforma, incluso a Melliphant. —¡Una captura!
—respondió también él, tratando de librarse de la opresión de la gente mientras
sentía que las plataformas temblaban de nuevo. En algún lugar por debajo de él,
los grandes dientes de acero de la ciudad estaban agarrando Salthook,
elevándola y arrastrándola hasta las Entrañas. —… Y quizá al aprendiz
Natsworthy le gustaría venir también —estaba diciendo Clytie Potts. Tom no
tenía ni idea de lo que estaba hablando, pero al volverse, ella le tocó el
brazo y le sonrió—.
Habrá celebraciones en Kensington Gardens esta noche —le
explicó—. ¡Baile y fuegos artificiales! ¿Quieres venir? La gente no invita
generalmente a los aprendices de tercera clase a las fiestas — en especial a
gente tan guapa y popular como Clytie—, y Tom se preguntó al principio si ella
se estaría riendo de él. Pero Melliphant, obviamente, no lo creía así, porque
se la llevó aparte y le dijo: —No necesitamos gente del tipo de Natsworthy
allí. —¿Por qué no? —preguntó la muchacha. —Bueno, ya sabes —bufó Melliphant,
con su cara cuadrada, poniéndose casi tan roja como la del señor Pomeroy—. No
es más que un tercera clase. Un criado. Nunca conseguirá su marca del Gremio.
Acabará únicamente como ayudante de conservador. ¿Verdad, Natsworthy?
—preguntó, mirando de reojo a Tom—
Comentarios
Publicar un comentario