Identificación de modificadores
Identificación de distintos modificadores de la escritura.
1.- Sustantivos
2.- Adjetivos
3.- Adverbios
4.- Preposiciones
5.- Conjunciones
6.- Pronombres
7.- Verbos
8.- Uso correcto de la “b”,
“v”, “ll”,” y”, ”s”, ”c”, ”z” y “h”
Texto utilizado:
Una mañana, tras un sueño intranquilo,
Gregorio
Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.
Estaba echado
de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre
convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades,
sobre el cual casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse
hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación al
grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.
—¿Qué me ha ocurrido?
No estaba soñando.
Su habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña, tenía el aspecto
habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños —Samsa era
viajante de comercio—, y de la pared colgaba una estampa recientemente recortada de
una revista ilustrada y puesta en un marco
dorado. La estampa mostraba a una mujer tocada con un gorro de
pieles, envuelta
en una estola también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía un amplio
manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo su antebrazo.
Gregorio miró hacia la ventana;
estaba nublado, y sobre el cinc del alféizar
repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran
melancolía.
«Bueno —pensó—; ¿y si siguiese durmiendo
un rato y me olvidase de todas estas locuras?» Pero no era posible, pues
Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado
no permitía adoptar tal postura. Por más que se esforzara, volvía a quedar de
espaldas. Intentó en vano esta operación numerosas veces; cerró los ojos para no tener que ver aquella confusa
agitación de patas,
pero no cesó hasta que notó en el costado un dolor leve y punzante, un dolor jamás sentido
hasta entonces.
—¡Qué cansada es la profesión
que he elegido! —se dijo—. Siempre de viaje. Las preocupaciones son mucho
mayores cuando se trabaja fuera, por no hablar de las molestias propias de los
viajes: estar pendiente de los enlaces de los trenes; la comida mala,
irregular;
relaciones que cambian constantemente, que nunca llegan
a ser en verdad cordiales, y en las que no tienen cabida los sentimientos. ¡Al diablo
con todo!
Sintió sobre el vientre un
leve picor, con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la cabecera de la cama para poder
levantar mejor la cabeza; se encontró con que la parte que le picaba estaba
totalmente cubierta por unos pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se
debían, y quiso palpar esa parte con una pata, pero inmediatamente la retiró,
porque el roce le producía escalofríos.
Se deslizó de nuevo a su
posición inicial.
«Esto de levantarse pronto
—pensó— le hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir. Otros viajantes
viven como pachás. Si yo, por ejemplo, a lo largo de la mañana vuelvo a la
pensión para pasar a limpio los pedidos que he
conseguido, estos señores todavía están sentados tomando
el desayuno. Eso podría intentar yo con mi jefe, en ese momento iría a parar a
la calle. Quién sabe, por lo demás, si no sería lo mejor para mí. Si no tuviera
que dominarme por mis padres, ya me habría despedido hace tiempo, me habría
presentado ante el jefe y le habría dicho mi opinión con toda mi alma. ¡Se
habría caído de la mesa! Sí que es una extraña costumbre la de sentarse sobre la mesa y, desde
esa altura, hablar hacia abajo con el empleado que, además, por culpa de la
sordera del jefe, tiene que acercarse mucho.
Bueno, la esperanza todavía no está perdida del todo; si alguna vez tengo el
dinero suficiente para pagar las deudas que mis padres tienen con él —puedo
tardar todavía entre cinco y seis años lo hago con toda seguridad. Entonces
habrá llegado el gran momento, ahora, por lo
pronto, tengo que levantarme porque el tren sale a
las cinco», y miró hacia el despertador que hacía tictaqueaba sobre el armario.
«¡Dios del cielo!», pensó.
Eran las seis y media y las
manecillas seguían tranquilamente hacia delante, ya había pasado
incluso la media, eran ya casi las menos cuarto. «¿Es que no habría sonado el
despertador?» Desde la cama se veía que estaba
correctamente puesto a las cuatro, seguro que también había sonado. Sí, pero...
¿era posible seguir durmiendo tan tranquilo con
ese ruido que hacía temblar los muebles? Bueno, tampoco había dormido tranquilo,
pero quizá tanto más profundamente.
¿Qué iba a hacer ahora? El siguiente tren salía a las siete, para
cogerlo tendría que haberse dado una prisa loca, el muestrario todavía no
estaba empaquetado, y él mismo no se encontraba especialmente espabilado y
ágil; e incluso si, consiguiese coger el tren, no se podía evitar una
reprimenda del jefe, porque el mozo de los recados habría esperado en el tren
de las cinco y ya hacía tiempo que habría dado parte de su descuido. Era un
esclavo del jefe, sin agallas ni juicio. ¿Qué pasaría si dijese que estaba enfermo?
Pero esto sería sumamente desagradable y sospechoso, porque Gregorio no había
estado enfermo ni una sola vez durante los cinco años de servicio. Seguramente
aparecería el jefe con el médico del seguro,
haría reproches a sus padres por tener un hijo tan vago y se salvaría de todas
las objeciones remitiéndose al médico del seguro, para el que sólo existen
hombres totalmente sanos, pero con aversión
al trabajo. ¿Y es que en este caso no tendría un poco de razón? Gregorio, a
excepción de una modorra realmente superflua después del largo sueño, se
encontraba bastante bien e incluso tenía mucha
hambre.
Mientras reflexionaba sobre
todo esto con gran rapidez, sin poderse
decidir a abandonar la cama —en este mismo instante el despertador daba las
siete menos cuarto—, llamaron cautelosamente a la puerta que estaba
a la cabecera de su cama.
—Gregorio —dijo la voz de su
madre—, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a salir de viaje?
¡Qué voz tan dulce! Gregorio
se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, pero
mezclada con un penoso y estridente silbido, que en el primer momento dejaba
salir las palabras con claridad para, al
prolongarse el sonido, destrozarlas de tal forma que no se sabía si se había oído bien.
Gregorio querría haber contestado detalladamente y explicarlo todo, pero en
estas circunstancias se limitó a decir:
—Sí, sí, gracias madre. Ya me
levanto.
Probablemente a causa de la
puerta de madera no se notaba desde fuera el cambio en la voz de Gregorio,
porque la madre se tranquilizó con esta respuesta y se marchó de allí. Pero merced a la breve conversación, los
otros miembros de la familia se habían dado cuenta de que Gregorio, en contra
de todo lo esperado, estaba todavía en casa, y ya el padre llamaba suavemente,
pero con el puño, a una de las puertas laterales.
—¡Gregorio, Gregorio! —
gritó—. ¿Qué ocurre? — tras unos instantes insistió de nuevo con voz más
grave—. ¡Gregorio, Gregorio!
Desde la otra puerta lateral
se lamentaba en voz baja la hermana.
—Gregorio, ¿no te encuentras
bien?, ¿necesitas algo?
Gregorio contestó hacia ambos
lados:
—Ya estoy preparado— y con
una pronunciación lo más cuidadosa posible, y haciendo largas pausas entre las
palabras, se esforzó por despojar a su voz de todo lo que pudiese llamar la
atención. El padre volvió a su desayuno, pero la hermana susurró:
—Gregorio, abre, te lo
suplico — pero Gregorio no tenía ni la menor intención de abrir, más bien
elogió la precaución de cerrar las puertas que había adquirido durante sus
viajes, y esto incluso en casa.
Al principio tenía la
intención de levantarse tranquilamente y, sin
ser molestado, vestirse y, sobre todo, desayunar,
y después pensar en todo lo demás, porque en la cama, eso ya lo veía, no
llegaría con sus cavilaciones a una
conclusión sensata. Recordó que ya en varias ocasiones había sentido en la cama
algún leve dolor, quizá producido por estar mal tumbado, dolor que al
levantarse había resultado ser sólo fruto de su imaginación, y tenía curiosidad
por ver cómo se iban desvaneciendo
paulatinamente sus fantasías de hoy. No
dudaba en absoluto de que el cambio de voz
no era otra cosa que el síntoma de un buen resfriado, la enfermedad profesional
de los viajantes.
Tirar el cobertor era muy sencillo, sólo necesitaba
inflarse un poco y caería por sí solo, pero el resto sería
difícil, especialmente porque él era muy ancho. Hubiera
necesitado brazos y manos para incorporarse,
pero en su lugar tenía muchas patitas que,
sin interrupción, se hallaban en el más
dispar de los movimientos y que, además, no podía dominar. Si quería doblar
alguna de ellas, entonces era la primera la que se estiraba, y si por fin
lograba realizar con esta pata lo que quería, entonces todas las demás se movían,
como liberadas, con una agitación grande y dolorosa.
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